Encontarle la veta a la vida, por Patricia May

La vida tiene sus pulsos, ciclos y momentos.  Pulsos que involucran al cuerpo con su necesidad de descanso y actividad, de contracción y expansión, a la actividad psíquica, a las relaciones interpersonales, a los ciclos históricos y a la naturaleza toda, en sus expresiones de día-noche, de invierno-verano.

Una de las causas que nos generan estrés es ir contra el rumbo natural de los ciclos, presionando a la psique y al cuerpo para que actúen de un modo que en ese momento va contra su fluir.  Nunca como ahora ha estado el ser humano tan alejado de sus sustrato biológico y, con ello, de su naturaleza.  En esta cultura de espejismos, del parecer por sobre el ser, de correr desaforadamente en busca de algo que nunca se alcanza, de desarrollo continuo e ilimitado, hemos perdido la sensibilidad para saber en qué rumbo está fluyendo la vida en cada instante, y nos hemos convertido en sordos y ciegos a los mensajes más simples de lo que es adecuado y sano o, dicho de otra manera, de lo que simplemente nos hará daño.  El desafío es volver a contactarnos con ese pulso natural de las cosas, de las relaciones, de los ciclos de la vida.  Escuchar lo que nos dice el instante, vivir menos condicionados por nuestros esquemas y más abiertos al transcurrir del pulso vital.

En cada segundo hay una tendencia natural hacia algo, una veta por la cual corre el acontecer: percibirla y actuar en coherencia con ella, ser sumisos al flujo vital, es sabiduría.  No se trata de vivir sin rumbo, sino de ir acondicionando los planes a la corriente y a las cualidades del tiempo.  Confiar en que, más allá de nuestra claridad intelectual, existe un rumbo.  Ello requiere de una actitud de humildad para reconocer que no tenemos todas las cartas en la mano, que hay un ámbito más allá de nuestra comprensión que gesta condiciones, ciclos, tendencias.  De pronto, sabemos o percibimos que todas las puertas se nos abren para una acción determinada: cambiar de trabajo, acercarse a alguien, elaborar una estrategia determinada, comer o descansar, y otras veces intuimos que no es el tiempo para ello. Lo asertivo, lo sabio es aguardar el momento indicado para cualquier acto.

La antigua filosofía taoísta habla del wu wei, el “no hacer”, que no es permanecer inactivo, sino actuar en tal armonía con la corriente de la vida en ese instante, que el acto surge natural y en armonía con el tiempo.  Sin esfuerzo, como si no fuéramos nosotros los que actuamos, sino la vida que actúa a través de nosotros.  Ello implica pensarnos como seres vivos en una corriente existencial mayor que nos contiene, en la cual vivimos y respiramos.

La actitud es dejar de percibir la vida como una lucha contra las condiciones adversas y concebirnos como navegantes en una gran corriente. Hay tiempos para conversar y callar, para hacer fuerza y para relajarnos, para trabajar y descansar, para la soledad y la compañía, para las lágrimas y la risa.  Ir contra la corriente del tiempo sólo produce agotamiento y la sensación de que no acertamos nuestro propósito.  Esto implica un vivir que no es fríamente planificado, sino cálidamente actuado, sintonizándonos con nuestros propósitos profundos y actualizándonos en los momentos adecuados.  Evidentemente esto requiere de un trabajo de limpieza profunda de todos aquellos aspectos que nos impiden confiar en nuestros sentidos internos, en los procesos fáciles o difíciles de nuestros seres amados, en el viento del espíritu que conduce a todo ser.



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