El viaje al sí mismo, por Alejandra Vial Puga

“Llega a ser el que eres”, sentenció el poeta griego Píndaro. “Me he buscado a mí mismo”, había dicho el filósofo presocrático Heráclito. “La verdadera profesión del hombre es encontrar el camino hacia sí mismo”, dijo Hermann Hesse. Pareciera ser esa la gran misión que tenemos en esta vida, la única que realmente vale la pena. Recorrer en conciencia nuestro propio camino, el verdadero, para llegar a nuestra esencia y poder desde ahí expandirnos. El poeta alemán Rainer M. Rilke dijo a principios del siglo pasado: “En ningún lugar hay mundo más que dentro”. Volver la mirada hacia el interior, replegarse, entrar en la profundidad y abandonar las certezas, despojarnos de todo tipo de saber para extraviarnos y encontrar nuestro ser interno.

 

El autoconocimiento ha sido abordado por muchos pensadores a través de los tiempos. Uno de ellos fue el psiquiatra suizo Carl Gustav Jung (1875-1961), quien no sólo realizó importantes aportes teóricos sobre el tema del alma humana, sino que gran parte de su propia vida fue un incansable viaje hacia el interior de su ser. El Libro Rojo es la bitácora de esta travesía, donde el autor ya en el primer capítulo interpela a su alma: “Alma mía, ¿dónde estás? ¿Me oyes? Yo te hablo, yo te llamo, ¿estás allí? He regresado, estoy nuevamente aquí (…) Algo, sin embargo, tienes que saber: una cosa he aprendido, y es que hay que vivir esta vida. Esta vida es el camino, el camino largamente buscado hacia lo inasible, que nosotros llamamos divino. No hay ningún otro camino. Todos los demás caminos son senderos errantes. Yo encontré el camino recto, él me llevó hacia ti, hacia mi alma”.

 

Como San Juan de la Cruz, Nietzsche y tantos otros que entraron en la soledad y el misterio, Jung rozó la locura. Y arriesgó más aún, al decidir lanzarse de frente en el autoanálisis. Su experiencia sobre el psicoanálisis la enriqueció con el conocimiento que tenía acerca de místicos, profetas y chamanes, y se entregó sin temor a la experiencia de lo numinoso. Lo que comenzó como una profunda crisis personal, culminó como una vivencia de verdadera transformación y plenitud. A su regreso de este viaje interior, sintió la intensa necesidad de escribir el testimonio de su camino de autoconocimiento. Así nació el Libro Rojo, la obra más íntima de Jung, quien murió sin pensar en que algún día sería publicado. Fue cuidadosamente manuscrito e ilustrado por él mismo, entre 1913 y 1930. Una verdadera joya que fue guardada como un tesoro.

 

“En aquel entonces, a mis cuarenta años, había alcanzado todo lo que alguna vez había deseado. Había alcanzado fama, poder, riqueza, saber y toda la felicidad humana. Entonces cesó mi anhelo por el acrecentamiento de estos bienes, el deseo retrocedió en mí, y me sobrevino el horror”, escribe en el Libro Rojo. Jung se dio cuenta que había perdido su alma y entonces emprende el descenso hacia su interior.

 

En algún momento de nuestras vidas -a veces a la edad media, a veces debido a una crisis espiritual o al dolor generado por una pérdida- todo a lo que nos habíamos dedicado hasta entonces se nos vuelve estéril. Lo tenemos todo, pero algo nos hace falta, entonces iniciamos una búsqueda que nos permita encontrar el sentido de nuestra existencia. Es lo que Jung conceptualizó como Proceso de Individuación. “Individuación es la fuente de toda salud. Individuación es el proceso que mueve al hombre a hacerse una persona completa, única”, dijo la psiquiatra Lola Hoffmann. Y propuso que la individuación podría traducirse como la realización del Sí mismo. Pero entendiendo siempre que el Sí mismo es mucho más amplio y profundo que el Yo, que es puro ego. Este proceso “aspira a un orden de vida superior. Según la tradición, se requiere ‘ir al desierto’ para encontrar el camino. Esta ida al desierto corresponde a un estado anímico de desarrollo y tránsito. Mirado desde el punto de vista sicológico es un estado de introspección, un camino hacia adentro (…)”.

 

Esta experiencia, explicó Lola, se ve cruzada por la duda, el miedo, la debilidad, la desesperación. Toda energía productiva parece quedar suspendida. Pero, cuando se ha logrado atravesar esa crisis, ya se ha dado muerte a la antigua personalidad y acontece nuestro renacer, emergemos más conscientes, más plenos, más realizados. “El sentido de ir al desierto es la liberación, la salvación; es el encuentro del todo en el yo. De la vivencia en el desierto el hombre vuelve al mundo con la conciencia de su renacimiento. Además está consciente de su misión, o sea, de su carisma. Ha reconocido su verdadera voluntad”, dijo.

 

Es el maravilloso proceso de dejar de ser persona y convertirse en individuo. En términos jungianos, Persona representa el rol que debemos cumplir ante la sociedad. Adquirimos un oficio, o un título profesional y vivimos la vida como ingeniero, carpintero, profesor. Hay quienes se quedan instalados ahí, adormecidos en esa máscara y olvidándose de partir en búsqueda de su alma. Recordando a Píndaro, la misión está en despertar y emprender el viaje. Jung deja abierto este desafío en su Libro Rojo: “Os doy noticia del camino de este hombre, de su camino, mas no de vuestro camino (…) El camino está en nosotros, más no en los dioses, ni en las doctrinas, ni en las leyes. En nosotros está el camino, la verdad y la vida (…) Buscáis el camino a través de lo externo, leéis libros y escucháis opiniones: ¿de qué ha de servir eso? Sólo hay un camino, y ése es vuestro camino (…) Que cada cual ande su camino (…) Cada cual busque su camino”.

 



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